La limitación del esfuerzo terapéutico (LET) o cuando la muerte es inexpugnable

Creo que no me equivoco cuando digo que en el pregrado tanto a los médicos como a las enfermeras se nos hace especial hincapié en que nuestro trabajo es esencial para mantener a una persona con vida, pero no se nos prepara para aprender a dejar partir a un paciente y que realmente no hay nada más que podamos hacer por él.

Es algo que tenemos que ir aprendiendo en la práctica clínica, a veces de una forma poco ortodoxa o simplemente “de sopetón”. Resulta que al menos en Chile no existe legislación respecto a la limitación del esfuerzo terapéutico, incluso los comités de ética no tienen una validez legal y sólo pueden ser considerados una guía para el clínico, pero la decisión final la tenemos que tomar quienes tratamos al paciente.

Lo complicado es que interiormente reconocemos que no somos personas perfectas aunque queramos demostrar lo contrario exteriormente, y por esta razón tememos equivocarnos en nuestra decisión. Tenemos la certeza que no va a faltar el familiar que en su ignorancia respecto a la medicina exclame “¡pero cómo no se va a poder hacer nada más! ¡Seguro que esto es negligencia y nos quieren engañar!” o que apele a una supuesta falta de “vocación” como si nuestro trabajo se tratase de un apostolado, cuando en realidad es un trabajo más como cualquier otro.

Creo que es importante que como médicos nos apoyemos en la experiencia de otros colegas, del resto del equipo llámese enfermeras, paramédicos, y sobre todo en los familiares de aquellos pacientes en que se les ha ofrecido todo lo humanamente posible, y ser francos, empáticos y asertivos con ellos de tal forma que puedan superar el shock de la inminente pérdida de su ser querido y puedan comprender que se aproxima el momento de dejarlo partir.

La empatía por sobre todo lo demás es importante, es la instancia que permitirá a los familiares darse cuenta que también somos humanos, que también nos afecta no poder hacer más y que no somos unas máquinas sin sentimientos. Nadie es indiferente ante la muerte, que estemos más acostumbrados a que sea nuestra compañera de turno es otra cosa, pero es preferible la muerte como compañera de nuestro quehacer diario que la indiferencia y la indolencia.