Medicina cuando no hay otra "alternativa"

El siguiente no es un post de mi autoría, lo compartió una amiga periodista existencialista de mi país con quien solemos tener abiertas discusiones acerca de la medicina alternativa y otras “yerbas”. En cierta ocasión dejó este texto en mi twitter y que quiero compartir con ustedes para su reflexión. En este post, Antonio describe con virtuosa composición una escena lastimosamente no tan infrecuente en mi país. Abiertamente yo nunca he sido fanático de terapias alternativas, considero que carecen de elementos importantes tanto en evidencia como seguridad para los pacientes. [Lea: Los riesgos en masajes y quiropráctica.]  Creo que la reflexión invita a pensar un poco cómo tratamos a nuestros pacientes y no sólo en lo terapéutico, lo humano también es parte de la medicina.

Hermoso domingo por la mañana. Salimos de San Salvador en dirección Este hacia Cojutepeque, mítica villa asentada

en lo alto de un cerro con espectacular dominio del valle, reputada desde tiempos de la Conquista por sus indios rebeldes y sus infalibles brujos. Tras varios cientos de metros ascendentes por calles y mercados llegamos a una hermosa, apretada, ruidosa y transida plaza céntrica. Bajamos del auto, hago una foto, doy unos pasos y la tierra bajo mis pies se mueve, unos ángeles del cielo me llaman y un fuerte crujido en el tobillo desencadena un escalofrío que me recorre la espalda y deja mi mente en blanco. La siguiente media hora la pasé en el suelo apoyado en la columna de un pórtico sumido en un extraño estado de embriaguez acrecentado por las miradas de preocupación y sorpresa de un sinfín de extraños seres ambulantes. Este dolor incorpóreo fue abandonándome a medida que el tobillo comenzaba a ensancharse y convertirse en centro de otro tipo de dolor más concreto y reconocible. La grosera hinchazón amoratada no presagiaba nada bueno.

El veredicto del lunes no fue tan malo. Primera hora de la mañana; llamadas a la aseguradora; taxi al Hospital Diagnóstico de la Colonia Escalón, el más caro y equipado de la ciudad; en principio, el mejor; unas horitas en compañía de preciosas enfermeras y solmenes doctores debidamente condecorados con estetoscopios por encima los hombros; radiografías de frente y de perfil (toda una ficha policial del tobillo. Ya antes me habían tomado la tensión y el peso (?)); escayola hasta la rodilla (negociable por una sofisticada cédula plástica de quita y pon); veinte antiinflamatorios y despachado con órdenes de guardar tres semanas de reposo evitando moverme y sobre todo cuestionar los fundamentos de la ciencia médica moderna. Se trataba de un esguince de tobillo de categoría tres con rotura parcial de ligamentos, lesión común y hasta vulgar, pero de mi autodisciplina y acatamiento de la sentencia dependía mi total restitución a la normalidad bípeda. Así que mucho ojo con buscar alternativas. El doctor pronunció estas palabras con el dedo erecto apuntando al más allá; al futuro negro de cojera que me auspiciaba la ciencia en caso de serle infiel.

María y don Víctor, con los que paso mucho tiempo de calidad últimamente, me informaron de que esa alternativa de todos conocida en El Salvador se llama “sobar”. No es fácil encontrar quien te sobe porque normalmente es en el ámbito de la familia o algotro igualmente cercano donde se solucionan este tipo de lesiones, en el momento que se presentan, con un enérgico masaje que tiene por finalidad “llegar el hueso a su lugar”. Afortunadamente, María sabía de alguien en el Mercado Central al que recurrían las vendedoras víctimas de tan frecuentes lesiones: don Amado, a su vez vendedor de flores.

No pasé buena noche. En mis pesadillas, un fulgurante estetoscopio se posaba lentamente en el tobillo y trasmitía directamente a mi mente la imagen de unos débiles ligamentos resistiendo heroicamente a la insoportable presión de las burdas manos de un bruto vendedor de amapolas con el más irónico de los apodos. Me desperté cojo, buscando bajo las sabanas la punta del pie para ver si estaba en su sito. La pugna entre el susto y la esperanza duró todo el camino hasta el Mercado y aun después mientras me arrastraba por sus pasadizos, mientras salía de un laberinto para meterme en otro y llegaba finalmente al pasaje de los Claveles, en el pabellón de las Flores. Allí don Amado lucía una camisa sin mangas, de las que asomaban dos contundentes brazos, y un amplio flequillo del que brotaba la inconfundible cara del indio: unos ojos estáticos y clavados en lo que miran pero a la vez como independientes de la boca; una boca que gesticula, fluctúa y trabaja para transmitir tranquilidad. Andaba el hombre bien atareado empacando manojos de  plantas (las míticas “7 yerbas”) para una vigorosa anciana que decía llevárselas a San Miguel. Sin embargo no descuidó una sonrisa en cuanto me vio, ni tampoco sacarme un destartalado taburete para acomodar la espera.

A medida que se prolongaba la espera, la agonía se fue transformando en un descentrado contemplar de personas de todas las edades y géneros, de varios colores y temperamentos, moviéndose a distintas velocidades y por lo general portando algo en las manos, los hombros, la cabeza o cualquier otra terminación del cuerpo capaz de sostener o sujetar. Antes de que Amado terminara con la viejita de San Miguel varios clientes se acercaron con una petición apenas audible que sin embargo el vendedor reconocía y satisfacía de inmediato a cambio de unas coras que saltaban de manos con igual celeridad. Cuando llegó mi turno no supe que decir. Durante un instante me olvidé incluso de porque estaba allí. No dije nada. Puse el pie en manos de Amado y empezó a sobar, de la rodilla hacia abajo y por la planta hacia el dedo gordo, con fuerza, con mucho brío. La cosa se empezó a calentar y a doler. Pero llegó el momento de maniobrar sobre el tobillo hinchado y las manos del jefe sioux pasaron a ser instrumentos delicados que con lentos giros y contragiros buscaban un clic: el testimonio sonoro de que “el hueso había llegado a su lugar”. Cuando se produjo, don Amado levantó su impertérrita mirada acompañada de una sonrisa particularmente amplia a la que le valió una única palabra para decirlo todo. “Original” fue lo que me dijo y tras unos escuetos consejos (completamente contrarios a los previamente ordenados por el doctor condecorado) me dejó marchar dando a entender que mi salud volvía a quedar bajo mi entera soberanía, que anduviera con cuidado y que viera cual de todas mis acciones me encaminaban a un mejor progreso. Aun a medio camino en la transición de un estado de insostenible tensión a uno de inconcebible alivio, le conté al gran brujo iroquai toda la historia, como me zafé el tobillo, como reaccioné yo, como reaccionaron los señores con estetoscopio y el indecente monto correspondiente a su inútil intervención… Me desarmó cuando a esto último el apache respondió (sin malicia alguna al menos que yo pudiera captar) que había que comprender que la gran inversión hecha por los estudiantes de medicina tenía que ser recuperada de alguna manera. La verdad es que Amado dejó pasar la oportunidad de causarme una impresión aun mas duradera y profunda. Le habría bastado decirme “levántate y anda” para que al ponerme de pie y comenzar a caminar, sin cédulas ni muletas, sin dolor ni  impedimento, hubiera pensado que se trataba de un verdadero milagro.

Ciertamente, el pobre inversor con estetoscopio que el día anterior me había condenado a convertirme en estatua de escayola había procurado por todos los medios proteger su inversión y alejarme de esos curanderos que dicen poder sanar con el poder de sus manos y de la inteligencia oral proveniente de los ancianos. Frente a ellos esgrimió (confieso que instado por mi impertinente cuestionamiento) todo el prestigio y poder persuasivo que sostiene el edificio de la ciencia (moderna) con sus batas y uniformes, sus universidades, estándares y protocolos, sus logros puntual y concienzudamente registrados en los libros de Historia, sus ambiciosas previsiones para el futuro y el incuestionable apoyo que el signo de los tiempos le ha brindado. Unos días atrás, en uno de esos popurrís de noticias que te hacen los buscadores internáuticos, vi un titular que, como yo, probablemente habrían visto otros ocho millones de personas y que resumía todo el planteamiento de la cuestión a su expresión más sincera y burda: “La medicina científica no lo cura todo pero la alternativa no cura nada”. ¿Creen ustedes que sin este tipo de apoyo mediático, sin esta mentira infinitas veces repetida, sin la continua manipulación y distorsión de nuestra percepción de la realidad se sostendría edificio tan precario como el de la medicina científica moderna? ¿pero no tiene suficiente la medicina científica moderna con relegar otras concepciones del mundo a la condición de alternativas, minoritarias, residuales y marginales? ¿de dónde proviene además esa necesidad de usurparle toda legitimidad a sus rivales, de convertir las opciones restantes en proscritas e ilegales?. Sea la razón que sea, lo cierto es que esta despiadada guerra contra la salud no tiene ninguna base empírica y su sostén es puramente dogmático. Pero, para nada se trata de un fenómeno aislado. Por el contrario, en nuestros días se trata de un comportamiento común y recurrente, que los medios de comunicación exaltan y la gente por las calles finge comprender.

Ciertamente, también la democracia científica moderna con sus parlamentos, constituciones y plebiscitos se mostró altanera y despectiva ya desde sus mismos orígenes, desde sus anglosajónicos y decimonónicos principios. Desde siembre ha mirado por encima del hombro a cualquier otra forma de gobierno y ha servido como alivio de conciencias a la hora de hacer cuentas con los muchos pueblos espoliados bajo la falsa bandera de un mundo más libre. Hoy en día, sin embargo, frente a la democracia no hay nada. El que no es demócrata es un déspota, un dictador, un criminal, algo infrahumano que no merece más consideración que la necesaria para el exterminio. Esto está ocurriendo en lugares como el Mediterráneo africano a solo unos pasos y al mismo tiempo que en Italia o Grecia (o ya veremos quien sigue) se revoca abiertamente la posibilidad de tomar soluciones consensuadas en beneficio de un pragmatismo cuyos resultados nadie ve por ninguna parte. Esto está ocurriendo mientras vemos en cualquier país – en el país de cada uno de nosotros – cómo se denomina democracia a una serie de reglas que están indefectiblemente configuradas para sostener formas de gobierno particularmente inmovilistas y endogámicas. ¿Y no será esta incapacidad por parte de la democracia y la medicina científica moderna de reconocer la mera existencia de limites para su propia soberanía, lo que las está convirtiendo en formas particularmente retrogradas, indecentes y fanáticas de gobernar tanto el cuerpo público como el cuerpo privado?