La voz dormida

Este es un post invitado de William Sánchez, estudiante de Medicina en Colombia.

El miércoles 17 de agosto del presente año, más allá del mediodía, se colgó a manera de izada la bata blanca en el frontispicio del Palacio Liévano, el mismo donde habita la actual alcaldesa encargada y que se rodea de los edificios de los poderes oficiales que dirigen el país. Justamente enfrente suyo, donde concurren términos tan disímiles entre sí, como las lamentaciones, el exhibicionismo, la rabia, el servilismo, los inconformes, los suplicantes, la simpleza del entretenimiento, el dolor de la memoria, lo establecido y lo subversivo, la violencia, la paz, un país y otro país, varios centenares de estudiantes pertenecientes a las facultades de Medicina y Enfermería hicieron pública y masiva una queja que ya supera a la historia y padece la vergüenza heredada: la inexistencia del Hospital Universitario de la Universidad Nacional de Colombia.

A menos de un par de kilómetros, diez cuadras exactas marchando desde la Plaza de Bolívar, caen hacia el piso las costras del Hospital San Juan de Dios, cerrado con un Hasta Siempre que parece más posible que fabuloso, y se olvida el pasado reluciente del Instituto Materno Infantil, ahora bajo una administración totalmente ajena a la Universidad Nacional.  Ambos dejaron de ser, suspendiendo en el vacío durante la década posterior a sus respectivas crisis definitivas el legado docente, asistencial y académico, y menguando considerablemente el capital científico y técnico de la academia , sin hablar de su capital humano  que se ha visto atomizado, desperdigado, a falta de un espacio único para el encuentro y el consenso de la escuela; ambos dejaron de ser y trajeron un presente insoportable: los fragmentos de la academia representados en la miríada de convenios con otras instituciones hospitalarias, el riesgo sentido cuando se averigua la naturaleza de éstos y se advierte su carácter transitorio y paliativo, el deterioro progresivo de las habilidades prácticas y teóricas necesarias para la labor asistencial de los estudiantes que conduce indefectiblemente al decremento de la calidad de la atención una vez titulados como profesionales de la salud,  la fuga del talento hacia lugares que se ajusten a sus requerimientos y ambiciones formativas y creativas, el liderazgo arrebatado en el panorama de la vanguardia de la salud en Colombia, y otro largo etcétera que cada estudiante y docente podría convertir en un memorial de agravios. Porque, repito, el presente es insoportable, los estudiantes de las especialidades en Medicina Interna, Geriatría, Endocrinología y Oftalmología hace dos meses largos decidieron abrazar, hasta los huesos, la figura legítima de Asamblea Permanente, deteniendo así sus actividades académicas y asistenciales y situando la residencia en un paréntesis flanqueado por lo incierto. Presas de una decisión que me atreveré a calificar de histórica y convencidos de la oportunidad de cambio traída por el momento de crisis, vencieron las barreras anestesiantes interpuestas por la época de vacaciones en el que se encontraban los estudiantes de Pregrado y poco a poco, de manera gradual, el llamado a formar parte de la protesta, deliberación y acción se extendió a lo largo de todos los semestres de Medicina para desembocar en lo improbable: conforme ingresaban para el inicio de nuevo período académico según la programación trazada por los departamentos de la Facultad, los cinco años de la carrera de Medicina se declararon en Asamblea Permanente.

Desde aquel entonces, el movimiento estudiantil (es bello saber que se puede usar para nombrarlos) ha enterrado varios veces la Facultad en sendos funerales simbólicos, marchado en las calles de la Ciudad Universitaria y de la capital, cobrado paulatinamente visibilidad en los medios de comunicación nacionales, dirigido su petición universal a la Alcaldía Distrital y al Congreso de la República, pero por encima de todo, ha conseguido un apoyo político, nada irrisorio, desde instancias importantes, representado en el interés y la gestión aún incipiente de un sector de parlamentarios que busca el financiamiento estatal de la construcción del Hospital Universitario, y llevado a la realidad a través de la decisión de la alcaldesa de Bogotá D.C. de acordar un convenio para el aprendizaje y la atención en las instituciones que conforman la Red Distrital de Hospitales.

Lo anterior sofoca un poco la incertidumbre, en medio de la nula atención y una olímpica  indiferencia, que nos agreden por su magnitud e irresponsabilidad inscritas, de las directivas universitarias encabezadas por el señor Rector, uno más, cualquiera otro, sumado a la ristra de Rectores silentes, sordos, ineptos e ignorantes que han ocupado el cargo desde los tiempos inmemoriales de las crisis hospitalarias. ¿Y los docentes?. Tibios, la mayoría. Ambiguos, algunos. En otros se percibe la impotencia que antecede a la resignación alimentada por una década de errancia y orfandad. En unos muy pocos, con fortuna, parece existir una obscena obstinación por hacer prevalecer el estado de las cosas, situación catastrófica que nos ha llevado a preguntarnos, entre murmullos públicos, la posible presencia de intereses realmente oscuros, más allá de la incomprensión que generan sus acciones.

La bata de grandes proporciones pendida de la Alcaldía de Bogotá fue el símbolo del despertar de la voz dormida. Llevando inscrito el escudo distrital en un lado, y en el otro el escudo de la Universidad Nacional de Colombia, allí sobre el precordio, representa los inicios de una revolución que se apoya en el deseo de excelencia y la exigencia de la dignidad. El objetivo absoluto es la apertura del Hospital Universitario, cuya construcción empieza con la hoja de ruta clara y precisa solicitada a las directivas de la Facultad, y que deberá nutrirse y completarse, en el interior de la búsqueda de la convergencia, con las versiones de los estudiantes y algunos profesores ya difundidas  a la comunidad académica. La empresa es de largo aliento, y esta generación no tiene otra opción distinta que la de entregar a la siguiente el deber de cumplir las metas establecidas ahora, y especialmente, el deber de creer, como para derribar de una vez la década de impotencia traída por el escepticismo y la frustración que lo recubre.

Este instante de efervescencia debe continuar siempre.

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Bogotá DC, agosto 21 del 2011.

Más información sobre el tema:

Página oficial del Movimiento Estudiantil:  www.unalhospital.org
Texto informativo del diario El Espectador 
Texto informativo del diario El Tiempo

William nace en Neiva, capital del departamento del Huila, Colombia, hacia finales de la década de los 80. Se gradúa como bachiller en el Colegio Cooperativo Salesiano, mudándose luego a la capital del país para iniciar estudios en Medicina en el interior de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia. Junto con las labores académicas de Pregrado practica la constante accidentalidad de la escritura, entregándose a cierta poesía que nadie conoce y al ensayo sin error de los textos personales. En estos momentos se encuentra desarrollando el año de Internado, en último semestre de la carrera. La psiquiatría, la toxicología y las neurociencias representan sus intereses más selectivos, amén de todo lo que haya pasado por el Arte. Le enorgullece saber que ha sido rechazado de publicaciones literarias y de las listas preestablecidas de literatos ganadores.

Mantiene un blog que es mejor llevar en la más soterrada clandestinidad, y otro a cuatro manos, al lado de un amigo dibujante. En Twitter, (de donde obtuvimos la única imagen disponible que lo identifica) lo encuentras como @Lira_delPayaso .