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Enero 26, 2009

La dura jornada de un médico ecuatoriano en Chile

Autor

Luis Avila

Médico. Edito en este blog, más por gusto que por otra cosa. Escribo de hartas cosas que se cruzan por mi cabeza, siempre dispuesto a comenzar otro proyecto. Leo harto, no tanto como me gustaría y hablo mucho, demasiado para lo que me gustaría. Si quiere conversar alguna idea, vayamos por una pizza, una cerveza y veamos que sale ;)

En la revista El Sabado, de El Mercurio, del 24 de Enero del 2009, salió publicado el siguiente artículo, que habla sobre este médico general ecuatoriano, que lleva 9 años en Chile. Los invito a leerlo.

Un médico ecuatoriano en Chile

Edgar Ayala es médico general y atiende hace siete años en un consultorio de La Pintana seis días a la semana y doce horas diarias.

Por Marcela Escobar Q.

La paciente de las 11.40 tiene 88 años y camina con lentitud. Su hija la toma del brazo mientras ambas cruzan la puerta del box 6. La paciente lleva el pelo tomado en un moño y le sonríe amablemente a Edgar Ayala, el médico ecuatoriano que esta mañana de viernes ya ha atendido a más de una decena de enfermos en el consultorio San Rafael de La Pintana. Ayala tiene 40 años y carga con unas ojeras profundas. Prosnilde, la paciente, le dice que se parece a su hijo.

Fuente: El Sabado

A Prosnilde se le hinchan las piernas y hace años que tiene problemas para escuchar, por eso su hija y el doctor le hablan casi a los gritos. Ayala la examina, le receta un diurético y un antiinflamatorio y le indica que debe realizar diariamente ejercicios para sus extremidades.

-Oiga doctor, esas pastillas amarillas me cortan la orina. Y con las pastillas chicas parece que se me va la mente de mareada -se queja la mujer. A sus años, no logra memorizar el nombre de sus medicamentos, pasa buena parte del día sentada y ha decidido no bañarse, porque teme enfermarse de bronconeumonia. Le ha dicho a su hija que sólo lo hará si un médico la autoriza.

-Doña Prosnilde, ¿me escucha? Quiero que tome baño día por medio -le dice Ayala-. ¿Me entiende?

-Sí, le entiendo. Usted quiere que yo me tome algo…

-Que se bañe, doña Prosnilde, un día sí y un día no.

Prosnilde le habla de la bronconeumonia. Luego le sonríe, le toma las manos y anuncia que, dependiendo de cómo se sienta, lo vendrá a ver otra vez.

-Porque tengo un dolor en la espalda, doctor, ¿no serán los riñones?

Ayala la acompaña hasta el pasillo. Y su queja -matizada por su acento ecuatoriano- es franca: “Doña Prosnilde es una excelente persona, pero no se toma los remedios. Es una pésima paciente”.

Hace nueve años que Edgar Ayala llegó a Chile, buscando mejores sueldos. Lo hizo al igual que 40 de sus compañeros de generación de la Universidad Católica de Guayaquil, hoy repartidos por todo Chile. Con algunos de ellos se reúne frecuentemente. Son parte de los 953 doctores ecuatorianos que trabajan en el país, la nacionalidad que más aparece en las cifras de médicos extranjeros que ejercen en la atención primaria de salud. En el consultorio de La Pintana, además de Ayala, atienden otros tres ecuatorianos y dos colombianos. Los chilenos son minoría: apenas tres.

-Los médicos chilenos no duran mucho trabajando acá. Dos o tres meses. Se van a hacer posgrados y cuando terminan, no vuelven. Un cinco por ciento o menos de los que hacen especialidad regresa a la salud pública -dice Ayala, quien trabaja en el consultorio hace siete años, de lunes a viernes, de 8 de la mañana a ocho de la noche. También atiende la mañana del sábado y hace turnos en el servicio de urgencia. Los viernes por la tarde, a partir de las cinco, atiende a sus pacientes particulares en la consulta que mantiene en La Florida. Hoy, al igual que toda la semana, su agenda está copada.

El día comenzó temprano para Ayala y su esposa, Viviana, también ecuatoriana, quien estudia enfermería. El doctor se levantó a las 6.15 de la mañana, tomó desayuno y a las 7.20 salió de su casa en Puente Alto, rumbo al consultorio, en su Suzuki Maruti. Hoy no verá a su mujer hasta las 9 de la noche. Dada su formación de médico general -sin especialización-, atiende tanto a niños como a adultos, hombres y mujeres. Y debe cumplir con las metas impuestas para un servicio de salud público: “Antes de que tuviéramos computador, nuestro rendimiento era de cinco pacientes por hora, a doce minutos por paciente, lo que considero atroz. Actualmente son cuatro por hora, lo que todavía encuentro un poquito atroz. Pero en vista de la cantidad de pacientes, hay que hacerlo así”.

Ayala debiera demorar no más de quince minutos por paciente para cumplir con las metas que le exigen, pero en promedio dedica 30 a 40 minutos. Casi siempre termina su jornada después de las ocho de la noche.

Con Elisa, una mujer de 31 años que llega al box 6 acompañada de su hija pequeña, Edgar Ayala demora casi 50 minutos. La mujer consulta por fuertes dolores de cabeza que la trajeron hasta la urgencia del consultorio tres días antes. Ese día le inyectaron un calmante, pero los dolores no han disminuido.

-A veces creo que me voy a volver loca, doctor -masculla Elisa, mientras se agarra la cabeza-. El dolor me toma hasta los nervios.

Ayala le pregunta por las características del dolor: si es punzante, si la cabeza le palpita, si siente que va a estallar. Quiere saber si duele más de mañana o de noche, si le agarra el cuello. Luego le toma la presión -sus resultados son normales-, le examina la vista, los oídos, la boca. Le pide que siga sus instrucciones y realiza un breve examen neurológico. Ayala no encuentra nada anormal. Lo que Elisa tiene se debe al estrés.

-La pregunta es qué te tiene con estrés -inquiere el médico. Elisa se descoloca. Repite que es por su dolor de cabeza. El doctor va más allá: le pregunta cómo ha estado anímicamente. Recién entonces la mujer comienza a desahogarse: hace años que se siente triste, desde que murieron sus padres. Dice que hay días en que no encuentra apoyo, que se siente sola. Que de no ser por su hija, preferiría no vivir. La niña, que ha escuchado todo, comienza a acariciar el pelo de su madre.

-¿Le contaste todo esto a la doctora que te vio hace dos meses?

-No, doctor. Ella no preguntó.

Luego de un nuevo test, Ayala le diagnostica trastorno depresivo y le cuenta que su enfermedad está cubierta por el Auge. Elisa está algo perturbada con tanta información. Le pregunta al médico si es posible que se vuelva loca.

-No -responde Ayala-, pero tienes que saberlo llevar. Nosotros sólo te damos una mano.

Edgar Ayala es el médico extranjero con mayor antigüedad en este consultorio de La Pintana. Gana 1 millón 300 mil pesos al mes, lo que incluye las horas extras y los turnos de urgencia. Como funcionario de la salud pública, tiene grado 13. Nunca rindió el Examen Médico Nacional: el convenio Andrés Bello, vigente entre Chile y Ecuador, le permitió convalidar su título. Sin embargo, los médicos ecuatorianos que en los próximos años quieran trabajar en la salud pública deberán obligatoriamente rendir el examen. Ayala no, porque el requisito no se aplicará en forma retroactiva. Pero sabe que si hoy se sometiera a ese test, le sería muy difícil.

-Tendría que ponerme las pilas y estudiar un montón de cosas. Acá existe mejor educación universitaria. Los médicos recién graduados están bastante bien preparados, aunque obviamente les falta la experiencia.

Ayala tiene una teoría: los resultados deficientes que obtuvieron los extranjeros en la última versión del Examen Médico Nacional se deben no sólo a las diferencias en la preparación universitaria -en Ecuador, confiesa, antiguamente no todas las universidades tenían exámenes que filtraran el ingreso de alumnos-, sino que también a que los chilenos recién egresados tienen los conocimientos frescos.

-Hay cierta razón en los cuestionamientos. Quienes trabajan, igual que yo, no tuvieron cómo prepararse. Por eso los que recién se graduaron tienen más chance de salir mejor. Además, la forma de hacer los tests en Chile es distinta. Nosotros somos al pan, pan y al vino, vino. En Ecuador te preguntan qué estás viendo y uno lo describe. Acá te hacen razonar el por qué. La forma de preguntar es más difícil y allá no estamos acostumbrados. Te demoras, tienes que pensar qué vas a escribir.

Ayala sabe que algunos médicos ecuatorianos han estado en la palestra de la polémica. Su compatriota José Pérez fue suspendido por grabar la operación de una paciente y subirla a YouTube. En 2005, el ecuatoriano Galo Andrade realizó una abdominoplastía a la chilena Jessica Osorio, la que murió luego de esa intervención.

-No sé por qué le dieron la chance de seguir trabajando -cuestiona-. En Ecuador no lo hubieran permitido, ni a un local ni a un extranjero. Lo suyo fue un error muy grave.

El primer paciente que Ayala atendió en Chile reparó al instante en su acento extranjero. Le preguntó de dónde era y le dio la bienvenida. No tuvo mayores cuestionamientos. Desde entonces, dice que unos cinco pacientes han desconfiado de él por su nacionalidad. Y que si bien ahora no siente discriminación de parte de sus colegas chilenos, sí la hubo cuando recién llegó. “Dudaban de nosotros, nos miraban en menos, y el Colegio Médico tenía una campaña durísima, especialmente un doctor de apellido Castro”, declara. En el consultorio, Ayala trabaja tranquilo. “Yo creo que mis pacientes me estiman”, agrega, “pero acá una vez alguien me dijo doctor, usted no es monedita de oro para que todos lo quieran”. En estos años, Ayala ha realizado varios cursos y diplomados para paliar su falta de especialización. “Así”, dice, “uno puede defenderse mejor”.

La jornada del martes la dedica íntegramente a atender pacientes que pertenecen al Programa Cardiovascular de Atención Primaria. La mayoría tiene hipertensión, colesterol alto o diabetes. Hoy es la primera consulta de Patricio, un hombre de unos 50 años que trabaja como chofer del Transantiago. Al igual que su madre -quien se atendía con el doctor Ayala-, Patricio tiene diabetes.

El médico le realiza el examen de rutina: le toma la presión y le revisa detenidamente los dedos de los pies. Quiere cerciorarse de que no hay heridas ni que Patricio haya perdido la sensibilidad, señal inequívoca de pie diabético.

-¿Usted sabe lo que es el pie diabético? -pregunta Ayala, y luego le explica las complicaciones y los cuidados de la enfermedad.

Patricio le dice que cuando supo que sufría de diabetes, se deprimió.

-Pero después pensé que mi madre vivió 25 años más y se murió de otra cosa.

-Mi papá tuvo diabetes por 30 años -le cuenta Ayala-, y murió a los 90. Pero él se cuidaba. Igual que su madre, don Patricio.

En el consultorio, los funcionarios lo describen como trabajador. Y sus pacientes aprecian el trato que tiene con ellos.

-A veces no somos sabelotodo, eso nos sucede a todos los médicos -dice Ayala-. Es necesario tener confianza para decir mira, eso no lo sé, lo vamos a investigar y llegaremos al fondo de tu problema. Es aceptar las limitaciones. Que uno no es especialista, que tiene que manejar todos los temas a grandes rasgos.

No es la única limitante: a una de sus pacientes del programa cardiovascular que se queja de dolores a sus rodillas, Ayala le dice que no puede abocarse a nada que se salga de lo que contempla el programa, porque no le alcanza el tiempo.

Luego, cuando le toca el turno a Eduviges, una mujer de 60 años que dice que despertó con taquicardia, Ayala le responde que no tiene los elementos para asegurar qué es lo que padece. Eduviges le dice que se marea. Que tiene reflujo. Que transpira. Que en la mañana su cuerpo se remecía de la taquicardia. Ayala revisa su ficha: es una paciente con problemas a la tiroides y colesterol alto. Le toma la presión y la examina.

-Respire con la boca abierta como si estuviera cansada -le dice.

-Yo quería atenderme con usted, doctor. ¿Me puede atender también la próxima vez?

-Eso no depende de mí, depende de cuán copada esté mi agenda -le explica el médico. Luego de examinarla, no encuentra nada que revele la supuesta taquicardia matinal. Pero le pide exámenes a la tiroides y la cita a un nuevo control.

-Mi doña -dice Ayala-, el corazoncito se lo encontré súper bien.

Eduviges se va, conforme. Ayala deberá atender a tres pacientes más antes de hacer la única pausa del día.

Hay 11 comentarios en esta publicacion

11 respuestas a “La dura jornada de un médico ecuatoriano en Chile”

  1. José Luis dice:

    No más ,ni menos de lo que trabajamos los médicos chilenos en APS.

  2. artangelo dice:

    Y claro.

    debe haber chilenos que han dedicado su vida a APS y nunca les han hecho un reportaje.

  3. Naldo. dice:

    Pero creo yo deben ser la minoria. Es triste esa huevá de que a muchos chilenos no les guste la APS. Por algo estan todos los medicos extranjeros concentrados ahi.

    Lo digo netamente de lo que yo he visto, no tengo idea de datos estadisticos.

  4. Elizabeth dice:

    Yo conosco a ese Doctor Ayala y es un 10 no un 7 a atendido a mis hijos es muy amable, cosa k les falta a los medicos chilenos. Sus diagnosticos siempre son serteros y sabe dar un buen tratamiento a lo k a uno le aqueja.

  5. SBG dice:

    Notable. No estigmatizar es la orden del día.

  6. Grecco dice:

    Qué tal? muy interesante el artículo, podríamos publicarlo en nuestra página?, un saludo y sigan adelante….

  7. artangelo dice:

    todos los post en MS, estan bajo licencia CC
    Es decir, puedes citarlo, copiarlo completo si lo deseas, solo tienes que dar la atribución y poner el link de donde lo sacaste. Osea, de aqui.

    Saludos ! :)

  8. xavier dice:

    la plena ojala tengamos acceso algun momento a los pos- grados para regresar al pais a mejorar la situacion del pais aca vinimos a enseñar simplemente que el medico no es un dios si no un ser humano con la capacidad de sanar.
    gracias chile
    por ti Ecuador

  9. Silvia Montufar dice:

    Hola soy Silvi una amiga de Edgar, me gustaria contactarme con el ya que tengo muchos anos que no nos comunicamos, desde que el se fue a Chile y yo me mude a los Estados Unidos.

  10. artangelo dice:

    Hola Silvia, la verdad si pudieramos ayudarte felices, pero nosotros solo copiamos y pegamos esta entrevista aca, desde un diario chileno.

    No tenemos sus datos de contacto.

    Mucha suerte en la búsqueda.

  11. Silvia Montufar dice:

    Ok gracias! me encanto el reportaje esta muy bueno, y la verdad es que Edgar siempre ha sido un hombre muy noble.